El hecho de nacer y el de morir no son nada más que hechos y sólo hechos, adornados naturalmente con
toda la relevancia que se quiera. Precisamente por esto mismo no se pueden considerar dignos o indignos
según las circunstancias en que se produzcan, por la sencilla y elemental evidencia de que el ser humano
siempre, en todo caso y situación, es excepcional-mente digno, tanto si está naciendo, viviendo o
muriendo. Decir lo contrario es ir directamente en contra de aquello que nos singulariza y cohesiona la
sociedad.
Legalizar la eutanasia es una declaración de derrota social, política y médica ante el enfermo que no
acabará con las perplejidades de la vida, ni de la muerte, ni con las dudas de conciencia de los médicos,
de los pacientes y de los familiares.
La autonomía personal:
“El derecho a morir no está regulado constitucionalmente; no existe en la Constitución la disponibilidad
de la propia vida como tal” (J. A. Belloch, exministro de Justicia de España 1993-96). Si existiera este
derecho absoluto sobre la vida, existirían otros derechos como la posibilidad de vender los propios
órganos o de aceptar voluntariamente la esclavitud.
La autonomía personal no es un absoluto. Uno no puede querer la libertad sólo para sí mismo, ya que no
hay ser humano sin los otros. Nuestra libertad personal está siempre vinculada a la responsabilidad por
todos aquellos que nos rodean y la humanidad entera. La convivencia democrática nos obliga a
someternos y aceptar los impuestos, las normas y leyes, que en ningún momento son cuestionados como
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límites a la libertad personal. ¿Por qué no queremos descubrir un bien social en la protección legal de la
vida en su final? ¿Qué cultura dejaremos a nuestros hijos si les transmitimos que los enfermos no merecen
la protección de todos?
http://www.eutanasia.ws/hemeroteca/m121.pdf
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