miércoles, 24 de mayo de 2017

eutanasia cristiana

El cristianismo siempre ha sabido asumir aquellas palabras y circunstancias que no alteran el mensaje evangélico. No ha tenido miedo de ello. Y menos todavía en estos momentos de relativismo lingüístico en los que contemplamos cómo se tergiversan los vocablos en nombre de una pretendida modernidad que vulgariza al ser humano. Así sucede con expresiones como campo de concentración, interrupción voluntaria del embarazo, proceso de paz y un largo etcétera.

El hombre se ha hecho tan dueño de las palabras que ha terminado esclavizándolas, hasta el punto de provocar que éstas pierdan su valor, por su excesiva manipulación. Así, ellas han dejado de ser herramientas de diálogo para convertirse en instrumentos al servicio de intereses económicos y políticos. Forzar, desvirtuar o desnaturalizar las palabras es tanto como aniquilar el propio lenguaje, presupuesto de racionalidad. De ahí la necesidad de purificar no sólo los conceptos, sino también el vocabulario, de modo que éste sea capaz de expresar con frescura y originalidad el pensamiento humano. También hay que enriquecerlo, dándole nuevos sentidos, quizás inadvertidos por generaciones anteriores. Este modo de proceder es el que realmente configura una cultura del diálogo, abierta, rica. Viva. Integradora. Capaz de fundir filosofías, creencias y opiniones, así como de crear nuevos términos que designen realidades desconocidas.

El arte de aprovechar todo lo bueno


Allá donde el cristianismo ve algo bueno, se asoma. Lo toma, lo potencia, y se eleva con ello. San Juan no tuvo temor alguno en denominar a Dios Lógos, partiendo del pensamiento griego. San Pablo hizo suya la idea de ley natural, como algo inherente al corazón del hombre. Para comprender y explicar mejor el misterio trinitario, se empleó el concepto de persona —noción griega, reelaborada por los romanos—, etc. San Agustín se platonizó y Santo Tomás dialogó con el Estagirita. El derecho canónico asumió gran parte de la terminología romana: confesión, rescripto, potestad, jurisdicción, y muchos términos más pasaron delius civile al ius canonicum sin dificultad.

En mi opinión, es preciso recristianizar el diccionario, pues día a día nos enfrentamos a términos francamente barbarizados. Para este fin, la eutanasia es un buen ejemplo. Me explicaré. Eutanasia —en griego, buena (eu) muerte (tánatos)— es un término positivo, eufónico, seleccionado hábilmente para esconder, con eufemismos, una realidad tan cruel como inhumana: la asistencia al suicidio, cuando no el homicidio directo. Servía, sobre todo, para ocultar mediáticamente el senicidio, creando una cortina de humo entre dos acciones profundamente distintas: matar y morir. 

La eutanasia de Cristo

No nos hallamos ante un tema baladí, pues, una vez perdida la batalla del lenguaje, es fácil ser vencido en la contienda de la argumentación. De ahí la necesidad de recuperar la idea de eutanasia —arma arrojadiza contra la Iglesia— y ganarla para la causa cristiana. En efecto, el cristianismo, gran defensor de la dignidad de las personas, quiere que todos los hombres mueran dignamente, es decir, conforme a su condición de hijos de Dios. Por eso, puede hablarse con total propiedad de una eutanasia cristiana, de una buena muerte, que es propia del hombre que aprovecha ese trance para preparar el salto a la vida eterna. La eutanasia por excelencia —es decir, la muerte más valiosa— fue la de Cristo en la Cruz, que trajo la redención al género humano. Por eso, los cristianos deberíamos ver en el martirio —dar la vida por amor a Dios— una suerte de eutanasia.

La eutanasia cristiana ayuda a morir dignamente, pero nunca asesina, pues matar es moralmente inaceptable, y más todavía si se trata de poner fin a la vida de personas discapacitadas, enfermas o moribundas. Por ello, la eutanasia cristiana rechaza cualquier tipo de acción u omisión que, de suyo o en la intención, provoquen la muerte, admitiendo, por supuesto, la interrupción de tratamientos médicos desproporcionados o un vano encarnizamiento terapéutico. Así, la eutanasia cristiana no desea la muerte pero acepta, porque reconoce nuestra condición de criaturas, el fin inexorable. 

http://www.iglesia.org/santos/item/392-eutanasia-cristiana

miércoles, 10 de mayo de 2017

Organizacion municipal de la salud (OMS)

La Organización Mundial de la Salud (OMS) "deja la decisión" sobre la eutanasia "a los individuos o a las legislaciones nacionales", según informó ayer un portavoz de esa organización, que reconoció que, aunque la OMS nunca había opinado sobre la eutanasia, la ley aprobada el lunes en Holanda propiciaba una postura oficial. "Como Holanda está regida por un Gobierno democrático y la decisión fue aprobada por el Parlamento", dijo el portavoz, "suponemos que refleja la opinión pública del país, por otra parte tradicionalmente más liberal en muchos asuntos que poseen aspectos éticos."únicamente si los miembros de la OMS", añadió el portavoz, 1levan a la Asamblea Mundial de la Salud el asunto y ésta acuerda regular al respecto podrían elaborarse normas, pero dudo que ocurra por lo delicado del asunto".


http://elpais.com/diario/1993/02/11/sociedad/729385204_850215.html

dignidad de la vida humana

El hecho de nacer y el de morir no son nada más que hechos y sólo hechos, adornados naturalmente con toda la relevancia que se quiera. Precisamente por esto mismo no se pueden considerar dignos o indignos según las circunstancias en que se produzcan, por la sencilla y elemental evidencia de que el ser humano siempre, en todo caso y situación, es excepcional-mente digno, tanto si está naciendo, viviendo o muriendo. Decir lo contrario es ir directamente en contra de aquello que nos singulariza y cohesiona la sociedad. Legalizar la eutanasia es una declaración de derrota social, política y médica ante el enfermo que no acabará con las perplejidades de la vida, ni de la muerte, ni con las dudas de conciencia de los médicos, de los pacientes y de los familiares. La autonomía personal: “El derecho a morir no está regulado constitucionalmente; no existe en la Constitución la disponibilidad de la propia vida como tal” (J. A. Belloch, exministro de Justicia de España 1993-96). Si existiera este derecho absoluto sobre la vida, existirían otros derechos como la posibilidad de vender los propios órganos o de aceptar voluntariamente la esclavitud. La autonomía personal no es un absoluto. Uno no puede querer la libertad sólo para sí mismo, ya que no hay ser humano sin los otros. Nuestra libertad personal está siempre vinculada a la responsabilidad por todos aquellos que nos rodean y la humanidad entera. La convivencia democrática nos obliga a someternos y aceptar los impuestos, las normas y leyes, que en ningún momento son cuestionados como 3/8 límites a la libertad personal. ¿Por qué no queremos descubrir un bien social en la protección legal de la vida en su final? ¿Qué cultura dejaremos a nuestros hijos si les transmitimos que los enfermos no merecen la protección de todos? 

http://www.eutanasia.ws/hemeroteca/m121.pdf